jueves, 12 de enero de 2017

MÚSICA / Entrevista a DOM LA NENA




Su nombre artístico es Dom La Nena, queriendo apelar a ese punto de energía vital del niño, de la nena que es ella, porque nuestra naturaleza personal crece y madura, pero es bueno guardar esa energía y esa alegría que tienen los niños. La infancia como un lugar donde la música brota y emerge. Es una chelista virtuosa, que ha tocado con músicos franceses destacados como Étienne Daho, Jane Birkin o Camille, entre otros. Ha publicado dos discos ‘Ele’ (Zamora Productions, 2013) y ‘Soyo’ (Six Degrees Records / Caroline, 2015). Reside en París en la actualidad pero nació en Brasil y vivió en Buenos Aires.

             El pasado 2016 la brasileña Dominique Pinto (Porto Alegre, 1989) publicó su último trabajo hasta la fecha, ‘Cantando’ (Golondrina Porductions / Six Degrees Records). Un EP de cuatro canciones, que arranca con “Scenic World” su primera canción cantada en inglés, llena de vitalidad; luego cuenta con esa mirada tan íntima que desprende “Felicidade” (en portugués y con destellos de bossa nova), “Gracias a la vida”, versión de Violeta Parra que recuerda a nuestra querida Lhasa, y “Les Vieux”, un homenaje merecido a la gente mayor, a las pequeñas cosas y a la vida en provincias.

Cautiva su magnetismo en directo para levantar a la gente y hacerles bailar desde la más absoluta naturalidad. Quienes la vieron en diciembre de 2015 en Conde Duque, o telonenando en abril de 2016 a Julieta Venegas en la sala But, lo saben. Entonces presentaba las canciones de su disco ‘Soyo’, su último disco de larga duración hasta la fecha. Pude conversar con ella en diciembre de 2015 tras su concierto en el Auditorio de Conde Duque, dónde también estuvo Jonás Trueba quién le regaló un dvd de Los y esto es lo que dio de sí una charla de menos de 15 minutos.

El próximo jueves 26 de enero vuelve a Madrid, al Café Berlín. Antes pasará por Sant Cugat del Vallés, el martes 24 de enero tocará en el Auditori. Y el miércoles 25 de enero en la Antiga Fàbrica Damm de Barcelona.



¿Qué significa Soyo, por curiosidad?
Todo y nada. Me gusta el hecho de que fuera una palabra que no existiera. Mi primer disco se llamaba ‘Ela’ (2013), y fue un disco experimental, porque ni siquiera pensaba en sacar un disco cuando lo grabé. Lo hice de manera inocente, artesanal, muy pura. Lo llamé Ela porque era una faceta que estaba descubriendo, que era muy nueva para mi, y lo veía como algo exterior casi. 
Después de sacar el disco hice muchos conciertos y lo tuve que llevar. Y con el tiempo fui conociendo esa faceta mía.
El segundo disco es mucho más afirmativo, mucho más asumido, me gustaba llamarlo Soyo porque puede ser un lugar, una comida, un nombre, una lengua… Pero al mismo tiempo es un título que tiene muchas menos dudas con la identidad de uno mismo.

Juegas mucho con el papel de la identidad, en la canción “Soy La Nena”, con ese ubicarte en el mundo ¿Ha influido el hecho de haber vivido en distintos sitios?
Sí, claro.

¿Es un tema capital para ti la identidad?
Sí, es algo de toda la vida. Es una cuestión evolutiva, no tengo siempre las mismas dudas en relación a mi identidad pero siempre hay dudas.
En este disco no tengo las mismas dudas que en el primero, dónde las dudas giraban entorno a la nacionalidad, a la cultura, de mi origen… Estaba cantado más en portugués.
Este segundo es más personal, de sentimientos universales que todos tenemos

El chelo es tu instrumento principal ¿Desde cuándo? ¿Has estudiado en conservatorio?
Sí, desde los 8 años. Empecé a los 7 en Brasil. Y luego a los 8 me fui a París y ahí entré en un conservatorio municipal. Y a los 10 me puse a fondo. No hacía otra cosa que ir a la escuela y estudiar chelo. Y estaba decidida en ser chelista. E hice una carrera musical hasta los 18.

¿Y te ha ayudado mucho la carrera musical?
Claro, obvio.

¿No es muy encorsetada?
Fue algo fundamental, principalmente para el chelo. Pero incluso fundamental para la vida. El estudio de la música clásica es algo que todos deberíamos hacer, desde detalles vitales hasta cosas más complicadas.
La disciplina, el método, el cuidado con el detalle que hay en la música clásica es algo fantástico, que se encuentra raramente.
Pero llegó un momento cuando tenía 18. Tuve una cierta crisis. El ambiente se convierte en algo muy pesado, muy competitivo porque hay muy poco lugar. Entonces me venía cuestionando que quería hacer con el chelo.
Y ahí empecé a hacer música popular. Me llamaron para colaborar con Jane Birkin con ‘Enfant d’hiver’ después de ‘Arabesque’.



Y cuéntame qué tal la experiencia de haber tocado con Camille, con Jeanne Moreau y con Étienne Daho
Cada uno me inspiro de una manera diferente. Aprendí mucho pero cosas opuestas. Para mí fueron los primeros conciertos que hacía. Compartir escenario ya es una maravilla, un regalo. Ahí me profesionalicé. Antes compartía escenario con estudiantes, en ese momento compartía escenarios con músicos con un madurez notable. Me convertí en una esponja. Y absorbía de manera inconsciente, un máximo de información y de cosas.

¿Tienes una vena yogui o espiritual? porque has salido con una inspiración increíble…
No hago nada especial. Cuando empecé a tocar sola al principio me costó llegar a esa concentración, pero con el tiempo te das cuenta que cuando estás en el escenario es como una lupa. Cuando me veo en vídeo me doy cuenta cuando tengo un fallo, cuando no estoy al 100% ahí. Cuando algo te despista. Toco sola y tengo mucho que hacer. Y cada detalle cuenta. Desde hasta donde está el shaker. Y toco con loops, así que me equivoco ese error me acompaña…

Lo de la vena espiritual lo digo por canciones como “Anjo Gabriel”
Pues esa canción la hice para mi psicoanalista. Es otro tipo de… Para mi es mi meditación y mi terapia. Mi madre es psicoanalista, así que es algo que llevo en la sangre. Yo empecé desde muy chica. Es casi una adicción para mí. Anjo Gabriel fue de las primeras canciones que hice, y casi de cada vez que salía de una sesión de mi psicoanalista, casi escribía un tema. Así que se convirtió casi en una rutina.
Para mi escribir la música tiene mucho que ver con el inconsciente. Y el psicoanálisis es estudiar tu inconsciente, así que uno y el otro van muy bien juntos.

La mezcla que haces es muy curiosa, mezcla de sonoridades, mezcla de lenguas… Me recuerdas a Lhasa y a Bebel Gilberto ¿Son artistas que te gustan?
Con Bebel no me identifico mucho. Pero con Lhasa sí, me identifico mucho. Y aparte  Lhasa tiene mucho de la raíz, de uno, de la identidad, del viaje, del movimiento en la vida… Me identifico muchísimo, y a veces es un poco desconcertante para mí. Porque hice mi primer disco y conocí su música muy tarde, hace unos años y claro no pude verla en vivo. Cuando salió mi primer disco mucha gente me dijo que le recordaba a Lhasa, pero entonces yo no la conocía. Y quise saber quién era. Pero no me comparo con ella, porque es intocable.

¿La música brasileña sí que es un foco importante para ti?
Sí, mucho. Muchísimo. Más de la MPB (Música Popular Brasileña), de la nueva música brasileira escucho mucho menos. Me encanta la música de entre 1940 y 1980.
De la francesa, salvando Camille….
No me siento muy cómoda cantando francés o expresando. Quizás porque es mi idioma del día a día.

¿Quieres experimentar con otros instrumentos?
No, ya no sé más que puedo experimentar más (risas).

Para probar instrumentos que no sabes tocar, lo puedes hacer en disco porque puedes repetir las veces que quieras, pero en vivo tienes que tener una cierta base. Por ahora voy de a pocos. Ya con lo que hago me basta.





miércoles, 26 de octubre de 2016

MÚSICA / DIRECTOS Holy Fuck, Gustavo Redondo y Moreno Veloso




                             Gustavo Redondo fotografiado por Alejandro del Estal


                                      Holy Fuck @Caracol J 6 Octubre de 2016

  
De Holy Fuck, Gustavo Redondo y Moreno Veloso (y la música resuena después)
      
Una de las cosas que más me ‘pirran’ del mundo es ver música en directo. Es otra dimensión, porque cuando todo se alinea el resultado es absolutamente mágico. Y uno que puede permitírselo va a todos los conciertos que es capaz. Aunque cada vez me reconozco más selectivo. No me conquista cualquier cosa, si bien sé ver la calidad dónde la hay, aunque el resultado global no me encandile.

            En las últimas semanas me he perdido auténticas joyas como Michael Rother tocando Neu! en la sala Joy Eslava, o Maika Makovski con el Quartet Brossa en el Teatro Lara. Pero me han sorprendido tres conciertos por tres razones distintas que quiero explicar más adelante.


            Los canadienses Holy Fuck me ‘volaron’ la cabeza cuando les conocí, con su tercer disco, ‘Latin’ (2010): Tuve el placer de verles en el Primavera Club de Barcelona ese mismo año cerrando el festival en la sala Apolo, y me  quedé atónito por su capacidad orgánica pese al uso de samplers y mil aparatos electrónicos, y por esa manera de transmitir que tienen complicidad entre ellos, que lo viven, y que quieren conectar con el público. En la recta final cayó “Lovely Allen”, convertido ya en clásico de la banda y que ha sido sintonía de alguna publi. Pues bien, el jueves 6 de octubre presentaban su cuarto disco ‘Congrats’ (2016) en el concierto inaugural del festival Villamanuela. Aparte de la buena compañía que tenía,-que eso ayuda-, fue una noche memorable. Lo dieron todo y nos hicieron volar y bailar con sus ritmos sintéticos, con toda esa artillería de batería, bajo, loops, reverbs, efectos de voz. Todo con un tamiz puramente instrumental: jugando con los límites de los géneros, una electrónica con muchos elementos libres en una capa muy rock. Bailables y capaces de llevarte adonde quieras ¡Apabullantes!

                
                  Gustavo Redondo fotografiado por Alejandro del Estal

            Ahora llega el momento de apelar a nuestra cosecha. Porque aunque en nuestro país nos queramos poco, tenemos mucha riqueza cultural. Es una pena comprobar día tras días cómo no sabemos ver el talento que tenemos a nuestro lado, siempre buscando lo brillante fuera, como ciegos a lo de aquí. Un complejo que dice mucho de nuestro querer, de la envidia y de la cultura del ‘trepa’ y del pícaro. Pues bien, quién quiera ver las joyas que tenemos se deleitará mucho más y se sentirá mejor consigo mismo, con su salsa, y en su salsa. Una de estas joyas musicales de la que deberíamos presumir es del músico Gustavo Redondo (compositor, cantante, guitarrista y pianista), que el pasado sábado 15 de octubre presentó en la sala Costello de Madrid su primer disco en solitario ‘Vacaciones en el campo de batalla’ (Retrológico, 2015). Estuvo rebosante de energía, en un formato trío que funcionó a las mil maravillas. Redondo compone muy buenas canciones, que beben del pop más melódico pero que desprenden la fuerza del rock. Demostró garra en sus solos y estuvo pletórico. La puesta en directo del trío fue precisa, radiante y rotunda. Le acompañaban Ricardo Estebán (bajo) y Pascual Monge (batería) demostrando un altísimo grado de profesionalidad con tan solo dos ensayos previos al concierto. Recuperó cuatro canciones de su ex banda Los Pedales: de la que resultó arrebatadora “La máquina del tiempo”, “Dejarme llevar”,  “Me vendiste (la moto)” y “Efectos del pánico”. En mayo de este año colgó como novedad en su bandcamp la canción “Las horas frágiles”, que apunta lo que será su próximo disco ya mezclado y masterizado: un disco instrumental, íntimo, con muchos pianos, grandes melodías y armonías, que proyectará a Redondo donde debe estar. Seguramente le valorarán más allá de nuestras fronteras.  Esperamos tener noticias suyas pronto y que nos dé muchas alegrías musicales.



     
     De izquierda a derecha: Moreno Veloso, Pedro Sá y Luana Carvalho.

            Y no hay dos sin tres. Nos vamos a otra sonoridad totalmente distinta. Casi desapercibido desembarcó en el Contraclub el pasado jueves 20 (tras muchos años sin visitar Madrid) el brasileño Moreno Veloso, hijo de Caetano Veloso. Y lo hacía dentro de un ciclo amparado por el ciclo de una rica cerveza industrial. Venía acompañado de un trío, entre ellos el virtuoso guitarrista Pedro Sá, y de la magnífica vocalista Luana Carvalho (hija de la vocalista Beth Carvalho). Su último disco hasta la fecha es ‘Coisa boa’ (Luaka Bop, 2014), una delicia de bossa, con pop y con muchos timbres del folclore brasileño, tal y como mostró en directo. Tras su trío con Kassin y Domenico (con Moreno +2, Domenico +2 y Kassin +2) ha emprendido varios proyectos. Es un músico activo, singular, que derrocha luz, ritmo, sensibilidad y mucha alma como pudimos comprobar. Recuperó canciones del disco “Music typewriter”: las deliciosas “Deusa do amor” o “Arrivederci”. Y nos entusiasmó con la versión de “Naoidentificado” de Gal Costa. "Música bonita" decía la camiseta de Moreno, y así es. Nos fuimos a casa más alegres de lo que llegamos. Porque sí, ese es el poder catártico de la música.


            Músicas diversas que alumbran nuestro espíritu, que iluminan nuestro vivir. Porque la música resuena después, nunca se agota.

                                 
                                        
                   "Coisa boa" de Moreno Veloso @Contraclub J20N 2016 by Vorágine tv

viernes, 15 de abril de 2016

TEATRO / "Sólo son mujeres" de Carmen Domingo, dirección Carme Portaceli / Coreografía Sol Picó / Música Maika Makovski


De Carmen Domingo
En el teatro de la abadía Hasta el 17 de abril

“Solo son  mujeres” Dirección Carme Portaceli

REPARTO
Miriam Iscla
Sol Picó
Carmen Conesa
FICHA ARTÍSTICA
Espacio escénico Paco Azorín
Coreografía
 Sol Picó
Música original
 Maika Makovski
Vestuario
 Antonio Belart
Diseño de iluminación
 Miguel Muñoz
Diseño de sonido
 Efrén Bellostes
Realización de audiovisuales
 Lala Gomà
Caracterización
 Toni Santos
Fotografía cartel
 David Ruano y Paco Amate
Diseño gráfico
 Pedro Chamizo
Espectáculo
 Albert Armengol
Jefe técnico/Ayudante de escenografía
 Adriá Pinar
Ayudante de dirección
 Judith Pujol
Ayudante de vestuario
 Carlota Ricart
Edición y post-­
producción de audiovisuales Lucía Albano
Realización de vídeos promocionales
 Arnau Oriol
Jefe de producción
 Roger B. Sardà
Producción 
FEI
Con el soporte de 
ICEC e ICUB
Confección de vestuario  
Taller de Goretti



         La guerra y la barbarie

         Carmen Domingo escribió un texto homenajeando a todas las mujeres que fueron asesinadas en la Guerra Civil. Sólo por ser mujeres, porque no tenían ni siquiera el derecho a ser consideradas presas políticas. Porque no podían votar, porque las mujeres parecía que no eran ‘útiles’ para la sociedad. Por favor. Las mujeres son madres y muchas más cosas. Esa guerra mostró la barbarie de una sociedad. Un texto duro, incisivo, lleno de fuerza, de afirmación, de canto, de lucha por la supervivencia. Un texto necesario, recordar a quiénes se les ha ninguneado en la historia o se les ha pasado de largo. Este texto es un digno homenaje a esas mujeres que se defendieron, que pelearon por ser. El texto de Domingo dirigido por Carme Portaceli, combina lenguajes de una manera sorprendente. Buscando ese diálogo perfecto entre imagen, texto, música y movimiento.

La música de Maika Makovski, que no participa en su puesta en acción en el Teatro de la Abadía por compromisos artísticos, es interpretada en directo a la perfección por una Carmen Conesa certera al piano, o rasgando la eléctrica, toda ella pletórica, exhibiendo una voz rica en matices.

Sol Picó también se funde con ese sufrimiento y lo hace acción, movimiento. Idea esas coreografías que exhiben la angustia, el frenesí, la ansiedad, y toda esa tensión que desborda. Que se hace aguas. Y que se hace tierra, toca el suelo. Desgraciadamente en estos últimos días en cartel en La Abadía, hasta el domingo 17, Xaro Campo sustituye a Sol Picó que ha tenido una lesión.


Y Miriam Iscla está soberbia, refleja todos esos estados, desde la desesperación, hasta la desolación, la rabia y la afirmación. La injusticia planea por toda la obra, y la barbarie, la humanidad convertida en miseria y en crueldad, la pérdida del norte, del rumbo, del ser, del sentido de las cosas. Miriam cambia de registros con una pasmosa rapidez.


‘Sólo son mujeres’ duele, por ese exterminio selectivo que no tiene explicación posible, porque contiene la podredumbre del ser en todo su esplendor. Duele, pero es un dolor necesario, un homenaje a quiénes luchan por la libertad, y no callan. Un recuerdo a esas personas, esas mujeres, que se manifestaron, pese a ser borradas del mapa. Dar voz a quién le fue negada la palabra. Desborda y emociona por todos los costados. Y transmite la idea de libertad, de no ceder ante la extorsión, el miedo y la injusticia, a darlo todo por la vida. ‘Sólo son mujeres’ es fusión de lenguajes escénicos en todo su esplendor. 



martes, 12 de abril de 2016

CINE / CRÍTICA 'Ave César' Ethan y Joel Coen... 'La Fábrica de Sueños'



Título original: Hail, Caesar! (Ave César)
Año: 2016
Duración: 106 minutos
País: Estados Unidos
Directores: Joel CoenEthan Coen
Guión: Joel Coen, Ethan Coen
Música: Carter Burwell
Fotografía: Roger Deakins
Reparto: Josh BrolinGeorge ClooneyRalph FiennesTilda SwintonChanning Tatum, Scarlett JohanssonAlden EhrenreichFrances McDormandJonah Hill,Christopher LambertClancy BrownWayne KnightDolph LundgrenPatrick FischlerRobert PicardoDavid KrumholtzFisher StevensEmily BeechamFred Melamed
Productoras: Touchstone Pictures / Mike Zoss Productions
Género: Comedia


        LA FÁBRICA DE SUEÑOS

        Los Coen siempre tienen algo que sorprende. Tienen la clase y el estilo de los grandes directores y guionistas que se salen de los márgenes, de los que perfilan sus propias creaciones a golpe de talento y de romper moldes. Esos argumentos incisivos, con situaciones descacharrantes (El Gran Lebowski), con personajes salidos de la imaginación más surrealista. Tienen fuerza, tienen ingenio y sacan provecho de todo ese argumentario para construir historias sólidas, macabras, demoledoras, etcétera. Eligen estupendamente a su cuadro de actores, retoman temas clásicos (O’ Brother) para darles un toque actual y vigente. Pero en sus últimas películas han perdido fuelle.

        Con Ave César, los Coen sirven en bandeja un sonado homenaje al cine clásico, de los grandes estudios de los 50, 60 en Hollywood, en este caso Capitol Pictures, con la gran maquinaria del entretenimiento que desplegaba entonces el cine, entre películas western, musicales, etcétera.

       Pero han bajado la guardia en exceso, de lo más divertido del filme es el encuentro entre la bailarina de films de mambo y el vaquero silencioso, ágil en caballo pero no muy fino con el verso, para el estreno de la última película de éste. Ese director de los estudios que se ve presionado por todas partes, por sus socios de Nueva Tork, solucionador de todo tipo de ‘marrones’, presionado por una propuesta golosa de una compañía multinacional y así conciliar su vida familiar (casi inexistente). El papel lo encarna Josh Brolin, que lo borda.

         Vemos todos los entresijos del cine, los rodajes, los estudios, los juegos sucios de las periodistas encargadas de los chismorreos, de la sección de Gente de Hollywood, hasta las conspiraciones de movimientos de izquierdas que aleccionan al actor de éxito.


      No deja de haber algo de surrealismo divertido, pero el retrato queda descafeinado, le falta empaque y sustrato. En el reparto hay de todo: Scarlett Johansson no sobresale, George Clooney si que encarna un papel que prolonga sus registros, o Ralph Fiennes ejerciendo de director de cine con cierto aire esnob y de película de clase alta, al igual que el pequeño papel de Susan Sarandon que siempre encandila. Ave César divierte por momentos, te despierta alguna carcajada, hace repaso de la historia, refleja esas grandes superproducciones de época de los romanos o de vaqueros, o musicales, o dramas de sociedad, pero no consigue llegar a mayo meta. Esperemos que los Coen vuelen más alto la próxima vez.


CINE / CRÍTICA 'LA LEY DEL MERCADO' de Stéphane Brizé..... 'Sobrevivir al abismo'






Título original: La loi du marché (La Ley del Mercado)
Año: 2015
Duración: 92 min
País: Francia
Director: Stéphane Brizé
Guión: Stéphane Brizé, Olivier Gorce
Fotografía: Eric Dumont
Productoras: Arte France Cinéma / Nord-Ouest Productions
Género : Drama /Cine Social

          SOBREVIVIR AL ABISMO

Me gustan las carreteras secundarias, porque en ellas descubres la esencia de los lugares y de los paisajes. No son tan rápidas, a veces están desiertas, pero te haces con la idea de los parajes que transitas, te empapas del ambiente. Y lo mismo me pasa con muchas películas secundarias, que quedan relegadas a un segundo plano (o tercero), que sin demasiado trasiego, ni fuegos de artificio, ni grandes campañas de impacto o de publicidad, captan la esencia de temas relevantes, ofrecen retratos singulares, personalizados, de cuestiones que han tocado a muchos hombres y que han sido una lacra,-otros lo llaman crisis, pero ha sido el hundimiento de un barco-, sin grandes pretensiones más que la de mostrar la realidad que nos rodea, desde un caso particular. Ni más ni menos.

En ‘La Ley del Mercado’, todo ocurre en un plano pero por debajo transita un silencio sepulcral, de esos que duelen, que llevan carga, que llevan el peso de la vida, y sufrimiento, mucho sufrimiento. Los personajes nos desvelan universos particulares, a veces develados o conocidos en parte, pero no todos sus entresijos. No se crean que todo es dolor y penurias. También hay amor de pareja, amor fraternal por el hijo, hay baile, hay compañerismo. Pero vemos como de pronto la vida puede desintegrarse y tocarte lo más íntimo, y romperte. La sinceridad con la que Thierry (interpretado magistralmente por Vincent Lindon, que ganó la palma de Cannes al mejor actor) habla con los responsables del INEM. La dureza a la hora de aceptar que te has quedado atrás en ciertos conocimientos prácticos que te permitirían estar actualizado y al día, y así seguir contratado. Pese a las dificultades Thierry no se rinde, decide soltar la rabia y olvidar, no cede ante la necesidad, acaba en un empleo que no va con él. Pero no se vende.

 Y nos adentramos en esa psicología como quien se adentra en un bosque o en una jungla desconocida. En esa manera de rodar muy en la manera de los hermanos Dardenne o del Laurent Cantet de ‘Recursos Humanos’, muy encima del personaje, sintiendo el aliento del personaje, su respirar, su sentir, pero también captando el entorno. Con ese modo incidental y natural al estilo Dogma. Y es ahí donde el director de cine Stéphane Brizé encuentra un gran aliado, su actor Vincent Lindon. Que borda una interpretación repleta de cuestionamientos, de hechos que buscan tu quiebre o que te ponen a prueba ante el hundimiento. Películas que demuestran el poder de la asertividad, de la dignidad. Y no sucumbir ante el desastre. Cine social que construye desde las experiencias duras, esas que nos hacen avanzar y edificar un entorno mejor, pese a crisis y a desastres universales.





jueves, 18 de febrero de 2016

FOTOGRAFÍA / MÚSICA / JAZZ Entrevista a la fotógrafa Esther Cidoncha



Esther Cidoncha en acción.




Portada del libro de fotografías de Esther Cidoncha publicado por La Fábrica en 2014.



 


El pasado mes de noviembre de 2015 la revista El Duende de Madrid publicó El libro Blanco y Negro del Jazz (podéis leer en issu el número aquí). Contribuí con tres textos. De los cuáles dos entrevistas con el saxofonista Ariel Brínguez y la fotógrafa Esther Cidoncha. Coincidiendo con la exposición de Esther Cidoncha en el Jazz Bar del Hotel AC Recoletos, inaugurada el pasado viernes 5 de febero, publico la entrevista entera, y la acompaño de sus excelentes fotos.



El Hotel AC Recoletos (consultar en su Facebook la programación) tiene una excelente programación de conciertos de jazz, todos los jueves del mes a las 21 horas y alguna fecha especial. Otro lugar de Madrid donde el jazz sigue más vivo que nunca.


Tu vida respira jazz, se nota cómo te llega y la sensibilidad con esta música en tus retratos e instantáneas. Pero, ¿Cuál fue tu primer soplo de jazz? ¿Cuándo apareció el jazz en tu vida? Y. ¿Por qué?
Y, ¿Cuándo llegó para quedarse?
Mis primeros negativos datan de 1989 fotografiando al mítico grupo legendario Modern Jazz Quartet, uno de los combos más influyentes en la historia del jazz moderno. Los vi en Valencia y durante la década de los años noventa prácticamente la mayoría de mis fotografía se han hecho allí, junto con el Festival de jazz de San Sebastián y el Festival Jazz Aux Remparts en Bayonne. Pero a mí el jazz me gustó mucho antes, escuchando en casa de un amigo discos de los grandes maestros como Art Blakey, Charlie Parker, Miles Davis o Coleman Hawkins. En seguida me gustó esta música a veces extraña y difícil pero también sugestiva y evocadora. Llegó directamente y me atravesó como un rayo.

El jazz se mueve mucho en la improvisación, en las jam sessions ¿La fotografía se improvisa?
En efecto, si la fotografía es de un concierto sí tiene una parte de improvisación. Al ir a un club de jazz nunca sabes lo que te vas a encontrar, cómo es el local, su escenario, cómo va a ser la iluminación, la colocación de los músicos, los altavoces cómo están situados, si hay atriles delante del instrumentista, los micrófonos, el público, todo ello hace que ciertamente haya una parte importante de improvisación. Es todo un riesgo, un desafío constante. A veces de ello puede salir una foto fabulosa. Hay misterio en ello porque cada concierto es muy diferente y de antemano el resultado no se puede prever. Es sorpresa y a la vez estímulo. Las mejores fotos nunca sabes cuándo van a surgir. Es una de las cosas que más me sorprende del jazz.

¿Cómo llevaste el cambio de la cámara analógica a la digital? ¿Qué echas en falta ahora? ¿Qué has ganado?
Danos algunas virtudes y defectos de una y otra.
En la década de los años noventa trabajé con una cámara reflex analógica muy pequeña, una Yashica. Y la verdad es que tenía una gran calidad, mucha profundidad de campo, gran gama de grises. Más que la cámara en sí intervienen otros factores como el revelado de las fotografías, la habitación oscura para el positivado, los diferentes líquidos y papeles a utilizar. El mundo digital ha entrado en otra dimensión facilitando el trabajo manual que debía ser perfecto y exquisito sin errores pues con el ordenador y las nuevas cámaras se puede corregir tantas veces uno quiera. Cada día hay más facilidades. Pero ojo y atención eso no quiere decir que las fotografías sean mejores ni mucho menos, sino que hay más facilidades para disparar cientos de fotos y luego poder trabajar con ellas. Pero sin olvidar que siempre el fotógrafo, el ser humano está por encima de las máquinas. Y es su talento y su experiencia su genialidad lo único que cuenta. Mantener la calma y tener intuición es importante y decisivo en esta época digital porque es muy fácil disparar en un breve espacio de tiempo un sinfín de fotografías. Hay que saber lo que uno quiere hacer con la cámara, es un utensilio al servicio de un objetivo. Tener un criterio buscando la excelencia del momento. En el fondo es lo mismo una cámara u otra. Lógicamente en el jazz cuánta más sensibilidad tenga a la luz mejor ya que se desarrolla en ambientes y atmósferas de luz muy tenue.

¿Cómo apareció la fotografía en tu vida? ¿Quiénes ha sido tus maestros, tus modelos, tus fotógrafos ejemplares?
Sin duda estoy influenciada no sólo por los grandes fotógrafos de jazz como Herman Leonard, William Claxton, Francis Wolff o Lee Friedlander entre otros; sino también de los grandes maestros de la fotografía como Henri Cartier-Bresson, André Kertész, Walker Evans, Harry Callahan, Bill Brant o Rodchenko entre otros. Siempre me ha gustado hojear catálogos de fotografía. Supongo que la fotografía apareció de esta forma en mi vida queriendo imitar a los fotógrafos que admiro. Y sobre todo me enamoré de las portadas del sello discográfico Blue Note, no me cansaba de mirarlas una y otra vez, con diseño del gran Reid Miles y fotografías de Francis Wolff. Las imágenes del clásico fotógrafo de jazz Herman Leonard que retrató la época dorada del jazz años 40 y 50 en Nueva York fueron fundamentales para que me decidiera por probar suerte en esta afición.
  
Has sido bailarina de clásico y contemporáneo ¿Te encanta captar el movimiento?
Sí, lo hago hasta sin darme cuenta. No sólo me gusta el movimiento, también me interesan otros conceptos dentro del mundo de la danza como es la coreografía, la colocación de elementos (trasladado al jazz sería: músicos, instrumentos, micrófonos, atriles, partituras, focos, cortinas), las composiciones, el espacio, la iluminación y lo dramático que encierra un escenario, me estimula profundamente.




A pesar de qué el tiempo es inaprensible. Pasa fulminante. No se queda. Queda el momento ¿Qué me dices del tiempo?
En la fotografía de jazz de escenario el instante es decisivo, como diría Cartier-Bresson. El objetivo tiene la gran habilidad de retratar el tiempo, el instante que nunca más volverá a ser. Es el arte que más tiene que ver con el concepto Tiempo. Su gran habilidad para captar una milésima de segundo hacen de la fotografía algo único. Esa capacidad de retratar al músico en plena inspiración, en una improvisación en la que el tiempo es fundamental hacen que el jazz y la fotografía tengan mucho en común.

¿Te consideras una fotógrafa de momentos y de esencias?
Todo buen fotógrafo que busque la excelencia debe captar la esencia de ese momento que trata de retratar. Sea el tipo de fotografía que sea. En el jazz es lo mismo. Para ello hay que aprovechar todos los elementos al alcance como interiores de camerinos, pruebas de sonido, diferentes focos de iluminación, la variedad de instrumentos, partituras, atriles, micrófonos, escenarios desnudos o justo lo opuesto un club con mucha gente y ambiente. También es muy importante la complicidad del músico y su generosidad hacia el fotógrafo. Su personalidad influye mucho en una buena foto, cómo gestualiza, cómo se mueve, o viste, si es extravagante, fotogénico, su sonrisa o su seriedad e introspección. Son muchos los elementos que ayudan a captar la esencia para ello hay que tener intuición y una gran concentración. Incluso en ocasiones se te puede llegar a pasar desapercibida la música que están tocando debido a que tu atención está puesta al cien por cien en el objetivo. No siempre se puede hacer dos cosas a la vez, fotografiar al músico y escuchar su música a veces es complicado. Conozco a fotógrafos que dejan de fotografiar para escuchar lo que tocan.

La danza juega también con el espacio y el equilibrio-desequilibrio, quizás no tan evidentes en la música, y más concretamente en el jazz ¿Esas variables las introduces en tu fotografía?
 Sí, de una u otra forma me gusta mirar a través del objetivo y encuadrar de tal manera que parece una composición dancística en ocasiones, jugando con conceptos muy próximos a la danza. El jazz también tiene su ‘espacio’ entendido como ‘tiempo’, sus silencios y sus notas rápidas y en ello hay desequilibrios y equilibrios. En la composición del encuadre fotográfico pasa lo mismo. Hay paralelismo.

¿Por qué jazz y fotografía, y no jazz y danza?
Porque el mundo del jazz, sus músicos y entorno, su atmósfera misteriosa y mágica, a la vez más cercana, atrajeron mucho más a mi cámara. Además es más fácil ir a un concierto de jazz en un club que a un concierto de danza en un teatro. Los clubes de jazz funcionan todas las noches. Están más al alcance de un fotógrafo que los conciertos de danza. La danza parece que se está quedando incluida o recluida en festivales. Mientras que el jazz tiene más opciones de ser fotografiado. Se vive y se respira otro ambiente muy distinto. Me quedo con el jazz para fotografiarlo y con la danza para verla y disfrutarla.

¿Tu fotografía es pretendidamente psicologicista? Capta la psicología del músico. Sus rincones del alma, sus lados más sinceros y más honestos.
Me seduce captar el otro lado de ‘un instrumentista tocando’. Hay que buscar y rascar más allá de todo ello. No se trata de captar el ‘objeto’. Sino de profundizar y ver qué está pasando en el proceso interno del músico cuando improvisa a una velocidad endiablada, o cuando en silencio escucha a sus compañeros, o en un relax sé que el músico está pensando en música, en notas complicadas, ritmos, juegos internos suyos. Me interesa ir más allá de la mera documentación neutra y objetiva de ese momento. Mi atención está puesta en captar la esencia de ese instante.




Dentro del jazz, clubes de jazz, músicos, etcétera… ¿Notas mucha diferencia entre Estados Unidos y Europa?
¿Cómo ves la escena de jazz española?
Sí que noto diferencia porque Nueva York es la ciudad por excelencia del jazz, se vive por todas partes, se escucha en todos los rincones, es una música muy cercana a ellos, a pie de calle, forma parte de su historia, es su música. En una sola noche puedes elegir entre más de 160 clubes de jazz! Increíble, no te parece? Aunque el jazz nació en Nueva Orleans y pronto viajó a Chicago fue en Harlem donde creció y se desarrolló plenamente. Fueron los mismos músicos los que viajaron desde Nueva Orleans, pasaron por Chicago y se establecieron en Nueva York. Dicho de una manera increíblemente resumida evidentemente. Fue en los clubes de Nueva York donde nació el be bop y todas las posteriores corrientes. También en Chicago, California, Detroit… hay jazz. En fin, en muchas ciudades de EEUU.
Europa tiene un jazz más que interesante y una enormidad de clubes de jazz a día de hoy. Ciudades como Londres, Berlín, Copenhague, París, Roma, Madrid, Barcelona, por nombrar unas cuantas, están muy vivas. En concreto en nuestro país hay grandísimos músicos de jazz. Aún así solo hay que ir a Nueva York para ver la diferencia que es muy evidente.

¿Qué ha cambiado en la manera de disparar una foto en Esther Cidoncha desde 1990? ¿Quién es Esther Cidoncha ahora en 2015?
Supongo que he evolucionado y me he ido adaptando a las diferentes circunstancias. Estamos hablando de muchos años no hay que olvidar que el jazz ha cambiado enormemente y también su estética, sus formas, los clubes, el público, los propios músicos, todo ello influye en mis fotografías. Personalmente me sigo tomando el jazz como un placer que hay que saborear a pequeños sorbitos, es decir, no me harto a conciertos ni me doy prisa por sacar rápidamente las fotografías a las redes de internet, todo lo contrario, me lo tomo con muchísima calma. Así he sido siempre y creo que es un buen secreto para seguir al pie de escena.

‘When Lights Are Low’ es el testimonio de tu trabajo durante 25 años ¿Cuál era la idea o el hilo central del libro?
Es un homenaje a los músicos de jazz a través de un recorrido de 25 años por diferentes clubes y escenarios de distintos países. Mostrar un trabajo donde la selección de las 180 fotografías fue dura. Ya que tuve que descartar a muchísimos músicos, escenarios, festivales, viajes, largas tardes en espera a que acudieran los músicos a las pruebas de sonido, mil horas preparando las fotografías en un cuarto oscuro o frente a una silenciosa habitación con mi ordenador sentada delante de una gran pantalla. Acudiendo por las noches a clubes de jazz sin saber qué va a pasar con la iluminación, con las posibilidades de cada concierto. Tengo un enorme archivo y no descarto publicar otro volumen. Te diré que no solo hay miles de negativos detrás de este volumen sino también miles de horas en solitario.




¿Por qué elegiste ese título? ¿Por Benny Carter y Spencer Williams o fue un guiño/homenaje a Miles Davis?
Lo decidí por el gran compositor y saxofonista Benny Carter a quién fotografié en 1994. Un amigo que es experto en jazz en su blog me dedicó una entrada y eligió este estándar como título para mostrar mi obra. Si finalmente hiciera otro libro decidiré un título mucho más corto incluyendo la palabra Jazz en grande por cuestiones gráficas.

¿Elegiste a Wadada Leo Smith, Antonio Muñoz Molina, Chema García Martínez y José María Díaz-Maroto para que escribieran los textos?
Sí, los elegí y decidí yo misma poniéndome en contacto con todos ellos. Menos con Wadada Leo Smith que se hizo a través de Chema García Martínez. Tuve la gran suerte de que accedieron todos.

¿Buscas los retratos más directos? ¿Evitas los posados forzados? ¿Buscas el momento libre siempre?
En efecto, así es. Veo que te has fijado mucho en mis fotografías. Me parece fundamental que sean instantáneas del propio músico en su ambiente es como me siento cómoda a la hora de retratarlos. La fotografía de estudio no me convence trata de imitar la realidad forzando al músico a sentirse natural y libre. En mi caso soy yo la que se desplaza a su verdadero entorno que son los clubes de jazz.

El fotógrafo debe pasar desapercibido y estar atento al detalle, al momento preciso ¿Qué valoras más de un fotógrafo de jazz? ¿Qué debe tener como principios fundamentales un fotógrafo de jazz?
Es fundamental ser amante del jazz. Discreto a la hora de disparar en un club, cómplice y respetuoso con los músicos y con el público.

Has viajado a lo largo de muchos lugares clave del jazz ¿Cuál es tu lugar predilecto?
Sin duda Nueva York. Es incomparable, a años luz de cualquier otra ciudad en cuestiones de jazz. Por su número de clubes, músicos, propuestas, tipos de locales, espacios. Tienes donde elegir una infinidad de clubes desde los más sofisticados hasta los más informales y originales. Es una ciudad muy viva que transmite talento, vitalidad y optimismo. Y su historia no se queda corta. Los más grandes del jazz han tocado todos en Nueva York. Es brutal.

El jazz para ti es…. es una fuerza de inspiración constante.
Disco favorito: hay un disco que me gusta mucho se llama Money Jungle. Una rara avis con Duke Ellington, Max Roach y Charles Mingus. Es inspirador y a la vez está lleno de belleza en todas sus composiciones.
Tienes una canción favorita…
Hablando de este disco un tema  llamado Fleurette Africaine. Siempre que lo escucho me conmueve.



¿Qué músico te ha mostrado su cara más sorprendente?
Barry Harris, siempre generoso con los fotógrafos. Es muy expresivo y gestual. Es dicharachero y le gusta jugar delante del objetivo.

Increíble la foto de Randy Weston, Ran Blake, Billy Harper, o la gracia y chispa de Tineke Postma, la concentración de Henry Threadgill, la mística de Hamid Drake o la atención de Yusef Lateef, la mirada desafiante de David Murray. La sonrisa guasona de Al Grey. ¿Tienes algunas fotos predilectas?
Todas las fotografías que incluyo en mi primer libro When Lights Are Low son mis preferidas, mis elegidas. Sin duda. Si me dijeras que eligiera una sola fotografía a lo mejor me quedaría con una instantánea que le hice a Nicholas Payton & Jazz Futures II: Herb Harris, Brian Blade y Chris Thomas. En el Festival de jazz de San Sebastián en 1992. Es una imagen misteriosa no se sabe bien lo que está pasando ni siquiera si son músicos. Era de noche y estábamos en la explanada del Ayuntamiento de San Sebastián cerca de unos arcos. Nicholas Payton y su grupo esperaba tranquilo su turno para salir al escenario mientras tocaba el gran pianista Hank Jones, el cual no sale en la fotografía. Algunos de estos músicos están en sombra y solo se percibe su silueta en negro. El trompetista Nicholas, que es el único que espera sentado, está sonriendo y encantado viendo el concierto. Hay luces y sombras que provienen del escenario. Ellos ni siquiera se dieron cuenta que yo les estaba fotografiando. Y de este momento saqué varias imágenes todas muy bonitas.

¿Por qué has elegido el Blanco y Negro?
Empecé en blanco y negro en la época analógica porque yo misma revelaba los carretes y luego positivaba las fotografías a papel en un laboratorio improvisado para la ocasión dentro de mi propia casa. Así manejaba todo el proceso fotográfico por completo. Años después con la fotografía digital he tenido un montón de dudas pero he decidido realizarlas en blanco y negro como resultado reflexivo. Pienso que hay una evidente afinidad entre fotografía en blanco y negro y jazz. Ambos son espontáneos, captan emociones y experiencias en un breve instante. A mi entender, la fotografía de ensayos o de un concierto no necesita colorido, el blanco y negro por sí solo se basta. Así mismo el jazz lo veo de este modo sobrio y sin aderezos, habla de emociones vitales. Si la improvisación ocurre en cada instante, la fotografía capta ese instante.

¿Hacia dónde quieres ir ahora como fotógrafa?

La verdad es que vivo el presente como siempre lo he hecho, sin pensar en un camino a seguir. Sigo leyendo y estudiando fotografía, hojeando catálogos, yendo a exposiciones, escuchando jazz. Todo ello con tranquilidad. De momento este fin de semana voy a dos conciertos de jazz.